Las reglas del juego y el beneficio que enriquece – Apartado 4 – Capítulo III – Ética en la libertad de los mercados

Crisis económicas y financieras. Causas profundas y soluciones.

Capítulo III 
Ética en la libertad de los mercados

Apartado 4

Las reglas del juego y el beneficio que enriquece 

Geoffrey Brennan y James Buchanan terminan su libro    La razón de las normas  con estas palabras: Los buenos juegos dependen de las buenas reglas más que de los buenos jugadores. Por fortuna para todos nosotros, y teniendo en cuenta ante todo la razón de las reglas, es siempre fácil lograr un acuerdo sobre un conjunto de reglas que sobre quién es, o no, nuestro jugador favorito.[1]

Ya hemos visto que el éxito de la libertad económica corre parejo con la necesidad de controlarse por la ética. A mayor libertad mayor necesidad de autodominio ético personal que libera aún más y que  genera un proceso acumulativo de mayor libertad en un entorno cada vez más justo y enriquecedor. La libertad es, por definición, condición sine qua non para que se pueda hablar de comportamientos éticos. Dicho al revés: a mayor coacción menos responsabilidad personal y menos ética. La coacción es negativa en tanto en cuanto elimina el valor intrínseco de la responsabilidad personal haciendo del coaccionado un mero instrumento en la consecución de los fines de otro. Lo moral es, en el hombre, un valor o una realidad que resulta del ejercicio de su libertad, atributo que le es esencial y específico, como propio suyo, por comparación con los seres inferiores. En donde el hombre no actúa libremente allí no puede darse lo moral o la moralidad. Por el contrario, la moralidad no puede estar ausente de la actividad libre o humana en sentido propio.[2]

Por eso se ha insistido al principio en la conveniencia del libre mercado que es tan antiguo en la historia de la humanidad como el comercio griego o fenicio. Basado en un «estilo de vida en libertad«, como diría Tocqueville, y en el respeto y defensa de la propiedad privada de los bienes, pone en marcha un fluido intercambio voluntario  que enriquece a todos y cada uno de los participantes activos en ese organismo económico. La cooperación espontánea se realiza mediante la flexibilidad de los precios como instrumento para la asignación de recursos. Las personas, familias y empresas toman libremente sus decisiones económicas asumiendo los resultados, positivos o negativos, de las opciones elegidas.

Pero la libertad humana es limitada.  No es un valor          absoluto. Está ordenada y potenciada por el bien y la verdad. Su penuria y falibilidad necesita reglas generales que la orienten en el buen sentido. Queda limitada por la ley, la moral y el perjuicio de terceros. El mercado necesita reglas e instituciones que lo regulen. No se harán aportaciones sustanciosas si, en vez de prestar atención a las leyes e instituciones básicas dentro de las cuales se desarrolla la conducta individual en los mercados, se trabaja únicamente en complejos ejercicios analíticos neutrales sobre su funcionamiento. Un liberal como Hayek escribió: Es probable que nunca haya existido una creencia genuina en la libertad y que, por lo tanto, no haya habido ningún intento de hacer funcionar una sociedad libre con éxito sin una genuina reverencia por las instituciones que se desarrollan, por las costumbres y los hábitos y por «todas esas seguridades de la libertad que surgen de la regulación de antiguos preceptos y costumbres. Aunque parezca paradójico, es probable que una próspera sociedad libre sea en gran medida una sociedad de ligaduras tradicionales.[3]

La mayor parte de las decisiones en el ámbito económico y financiero se toman siguiendo una regularidad fruto de patrones de conducta inconscientes producto todos ellos de hábitos, reglas y principios firmemente asentados. Muchas veces el actor desconoce su significado pero actúa de forma automática siguiendo sus recomendaciones porque se es consciente que aumentan la capacidad de acierto. Esas cualidades estables casi inconscientes son hábitos operativos que pueden ser buenos (virtudes) o malos (vicios). Cuando decimos que un hombre es leal queremos significar que en ese hombre hay una cualidad estable que le permite realizar con prontitud, sin gran esfuerzo y sin apenas deliberación, actos de lealtad. La coacción se puede reducir a la mínima expresión sólo cuando los individuos se conforman voluntariamente  a esos  principios naturales. La libertad nunca fructifica sin la existencia de profundos principios morales que se despliegan en multitud de hábitos prácticos en el quehacer cotidiano.

Además de las actitudes prácticas interiorizadas    que derivan de los principios y leyes éticas, se necesitan las reglas institucionalizadas que, por su promulgación o por la costumbre,  definen los espacios privados dentro de los cuales cada uno puede llevar a cabo sus propias actividades, y  que encuentran su razón de ser en la aspiración de las gentes a vivir civilizadamente en armonía sin el recurso continuo a la guerra «hobbesiana» de todos contra todos o a la ley del más fuerte. Esos espacios delimitados por la ley y la moral permiten ejercer la autonomía privada como fuerza creadora de derechos que  se manifiesta en actos, también  jurídicos, entre los cuales tiene especial significación el contrato. La armonización entre  la libertad y las leyes que la regulan permiten desarrollar ese poder de auto normarse personalmente expresando el dominio de su propio ser y el dominio de su entorno. Esa capacidad se plasma en la posibilidad de regular sus ámbitos de libertad y en el poder de actuación sobre las situaciones jurídicas que caen bajo su esfera de dominio.[4] Para el funcionamiento de los mercados más que las ecuaciones, modelos y operaciones inteligentes, se precisan las reglas comúnmente aceptadas y las instituciones. Ese marco jurídico debe ser sencillo y estable en tanto en cuanto si las reglas están sometidas a cambios continuos, la información que proporcionan llega a convertirse en estéril por superflua. El consentimiento voluntario de las reglas genera una promesa de conducta que no podemos defraudar, pues perjudica claramente a los que legítimamente esperan de nosotros conformidad con la palabra dada.

Un principio elemental, tanto en economía como de justicia en ética, es la generalidad, claridad y permanencia de la aplicación de las mismas reglas a todos los participantes en los mercados financieros sin privilegios ni discriminaciones. Otro problema son las elecciones entre reglas alternativas pero, dadas unas determinadas reglas, la estabilidad y éxito de su funcionamiento depende de su aplicabilidad con carácter general. Si un operador se salta las reglas en su propio beneficio nadie podrá asegurar que otros lo hagan a su vez en otras ocasiones en perjuicio del primero. Las discriminaciones,  privilegios y el pasar por alto de forma consciente la vulneración de las reglas, crea incentivos para dedicarse exclusivamente a la consecución de rentabilidades vía privilegios y dejar a un lado la competencia creadora. La búsqueda justa del beneficio queda viciada por la competencia desleal discriminatoria y los mercados se van degradando. Pueden llegar a desaparecer como tales convirtiéndose en mecanismos aparentes donde la asignación es en realidad  de carácter intervencionista por quien ostenta el poder discriminatorio. El egoísmo inconsciente de los agentes les lleva a fijarse más en los resultados coyunturales que en el beneficio secundario general y real del respeto a las reglas. Sólo se fijan en los resultados sin reflexionar sobre las reglas que los generan. No se dan cuenta que la reforma de los resultados además se consigue mejor mediante la reforma de las reglas que mediante la manipulación directa de los resultados.

Beneficio

Es especialmente apropiado aplicar al caso de las inversiones financieras las reglas morales que también los teólogos de la Escuela de Salamanca aplicaron al juego, aunque manteniendo el principio básico de la prudencia en no jugar con lo imprescindible.[5] Al reconocer como justas ciertas ganancias provenientes del juego, los escolásticos abrieron las puertas a la justificación de todo tipo de actividad empresarial y financiera. La recompensa estaba justificada por la labor empresarial de anticipar correctamente los deseos de los clientes y las condiciones de los mercados. Sus pérdidas o ganancias dependerán de la certeza de sus expectativas y condenaron como antinatural la idea de obtener ganancias sin riesgo censurando a los empresarios que buscaban cubrir sus pérdidas con ayuda estatal. La prudencia en la diversificación de carteras y en la cuantía de las inversiones aparece de nuevo como una actitud con responsabilidad ética.

La aspiración  al beneficio éticamente bien conseguido era recomendable. Incrementar los beneficios no es reprobable. Lo inmoral puede aparecer en el modo como se consigue ese beneficio, en los medios utilizados para conseguirlo que pueden no respetar las reglas del juego. Quien roba también consigue beneficio. Por encima del objetivo del máximo beneficio se encuentra el bien del hombre directamente relacionado con las conductas éticamente correctas. La aspiración al beneficio estimula la iniciativa y creatividad. El problema estriba en el cómo se consiguen esos beneficios. El fin nunca justifica los medios.

La bondad del principio de la búsqueda del beneficio, enraizado en la aspiración lógica hacia lo mejor, es aplicable a las inversiones financieras. Pero conviene matizar que ese beneficio que se trata de alcanzar no mira sólo a la rentabilidad sino que hay que considerar la proporcionalidad conjunta de liquidez, riesgo y rentabilidad en cada caso concreto. Cuando el director financiero de una empresa, confiado en su experiencia pero aficionado al juego de los mercados, arriesga más de lo aconsejado por el proyecto conjunto de empresa para aprovechar un ciclo alto de tesorería, pone en peligro el futuro de la empresa, el empleo de sus trabajadores, la demanda a los proveedores y  la continuidad del servicio a sus clientes. Aunque la operación salga bien atendiendo al puro beneficio especulativo la decisión no ha sido la correcta desde el punto de vista ético.

[1] Brennan, G. y Buchanan, James, La razón de las normas (Madrid: Unión Editorial, 1987), p. 191.

[2] Peinador, A., Tratado de Moral Profesional (Madrid: B.A.C., 1969), p. 11.

[3] Hayek, Friedrich August, Los fundamentos de la libertad (Madrid: Unión Editorial, 6.ª ed., 1998), p. 93

[4] Hervada, Javier, Cuatro lecciones de Derecho Natural (Pamplona: EUNSA, 1993), p. 99.

[5] Chafuen, Alejandro, Economía y Ética (Madrid: Rialp, 1991), pp. 146-150.

Crisis económicas y financieras. Causas profundas y soluciones.
ÍNDICE
Capítulo III
ÉTICA EN LA LIBERTAD DE LOS MERCADOS
 3.1.- La dimensión ética de las instituciones y los mercados financieros
3.2.- Valoración ética y social de los mercados
3.3.- La armonía ética entre ahorradores, inversores e intermediarios
3.4.- Las reglas del juego y el beneficio que enriquece
3.5.- Lealtad, confianza, prioridad del cliente y profesionalidad
3.6.- La formación ética del precio en los mercados financieros
3.7.- Información veraz y transparencia ética
3.8.- Información privilegiada y uso de la información
3.9.- La especulación como vicio posible
3.10.-Teoría del desenvolvimiento ético schumpeteriano