EN EL  PORTAL DE ANTONI

EN EL  PORTAL DE ANTONI

Era la hora de cerrar el portal. Antoni se miró el reloj. Pasó por su lado Delmira, la vecina del quinto, con una bolsa que olía a fresas.

 

         -“Buenas, ¿qué tal? hoy va a cenar fresas, ¿Verdad?”

        -“¿Fresas?”

        -“Sí, ¿no lleva fresas?”

 

       Delmira sonreía, ¡Ay, este Antoni, se estaba haciendo viejo!. Recordaba cómo, cuando era niña, le contaba historias que llenaban su imaginación:

 

     -“Oye Antoni, y tú que haces, sólo cuidas la puerta”

     -“sí pero es muy importante porque yo le abro la puerta al sol”

     -“Anda ya; no es verdad”

     -“Sí que lo es. Si te levantas mañana temprano te lo enseño”

Y ella se fue a contárselo a su madre.

    -“Mamá, mamá, Antoni le abre la puerta al sol”

    -“Qué cosas tiene este Antoni”

    -“Mamá ¿me dejarás un día levantarme a las 6?”

    -“Pero hija, ¡y qué cosas tienes tú!”.

     -“Anda mamá, Antoni me ha dicho que es a la hora en que abre la puerta al sol.”

Y María, comprendió que era una historia maravillosa que llenaba a Antoni. Y la dejó.

       – “¿Ves el sol?”

       – “Sí, claro.”

       –  “Míralo bien”

       – “Ya miro”

       – “Fíjate ahora en la puerta del portalón”. – “¿La ves?”

       – “Sí”

       – “Pues mira”  -y señalaba con el dedo la diagonal que hacía la puerta- “La puerta de este portal sostiene el sol”

    -“Sí, es verdad”

     -“Pues ¿Ves? Yo le abro la puerta al sol”

 

      Delmira se le quedó mirando, ¡Qué mayor se había hecho Antoni! Más aún desde que murió su hijo.

      Cogió la bolsa de las manzanas  que había comprado. Fresas, ¡qué cosas tenía este Antoni! ¡Si no era tiempo de fresas! Menos aún en este frío noviembre. Meneó a un lado y otro la cabeza.  Y se fue escaleras arriba. Le venía bien para hacer algo de ejercicio. Últimamente se esforzaba por salir.  Pero sí, ahora que lo decía Antoni, sí que le apetecían las fresas y recordaba cómo hace años se había ido, aún estudiante, a la recogida de fresas a Francia, doblada sobre los surcos de tierra, cuando parecía que compartir el trabajo de la tierra con los labriegos y trabajar con ellos iba a cambiar la sociedad. Suspiró. Allí había conocido a Alfredo, su amor, su gran amor,  como decía, para luego olvidarlo en manos de Julio, de su Julio que al final se fue con otra y la dejó a ella y a Sandra solas,  mientras crecía en su vientre una criatura indefinida, pero terriblemente tierna y preciosa, su tontita, como ella la llamaba cariñosamente, su María a la que todos adoraban.  Le estorbaba el paquete de las manzanas y lo metió en el bolso para abrir la puerta con llave.

         Apenas se había quitado los zapatos, cuando de paso hacia la cocina sonó el teléfono. “Sí, un accidente, el autobús que se había salido de la carretera. El autobús que traía a su María. Apenas nada, señora, no se angustie, la niña está bien”.   Salió corriendo, apenas sin tiempo para llamar a Sandra, que acababa de salir de clase: “Ve, ve, a la Princesa, sí hija, al hospital, María…”

         Enloquecida la vio salir Antoni a quien, sin poderlo evitar, se le nublaban los ojos mientras, a toda prisa salía a la calle, intentaba calmar a Delmira y paraba al primer taxi.

         Delmira llegó. Allí estaba la nena, su nenita, su pequeña, el centro de su vida, que la miraba llorosa y llena de babas.

        – Mamita,  me duele.

         -sí, claro, bonita, pero no te preocupes, ya he llegado. Ahora vendrá el doctor.  Y recordando algo que la distrajera,

          -“mira, te voy a comprar un regalo, lo que quieras

          -Pues yo quiero fresas

          -Pero nenita, ahora no es tiempo de fresas”

          -Hueles a fresas

          – No, nena, son manzanas, y con las dos manos sacó el paquete del bolso, mientras miraba asombrada cómo por el cucurucho de papel asomaba la carne roja de una fresa.